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La fiesta del mundial

La fiesta del mundial
julio 14
00:00 2014

Por Ulises Bosia. Terminó un largo mes mundialista, si bien no con el resultado deseado, sí con mejor de los últimos 24 años, que no es poca cosa. Esta vez la columna de análisis político sobre el tema excluyente e ineludible de la semana.

El mundial de Brasil fue vivido con gran intensidad por el conjunto de nuestra sociedad, atravesando distintas clases sociales, géneros y edades; también oficios, profesiones e ideologías dispares y, como decidió resaltar la transmisión de la televisión pública, las diferentes provincias y regiones de nuestro país. Por un lado entonces, fue un evento absolutamente democrático, que se vivió con la misma pasión en una villa que en un country, pero al mismo tiempo, como la mayoría de las cosas de nuestra sociedad, la capacidad económica permitió muy diferentes accesos al mismo espectáculo.

Posiblemente la combinación entre nuestra llegada a la final, la poca distancia geográfica que hizo que cientos de miles de argentinos y argentinas pudieran viajar y el muy buen nivel de muchas de las selecciones y partidos, expliquen por qué este mundial se haya vivido con tanta más intensidad que los inmediatamente anteriores. Y, para mejor, más allá de las opiniones sobre por qué perdimos la final, hay consenso en que esta vez no fracasamos, que no llegamos de casualidad hasta la final o por la existencia de un jugador como Maradona que “ganaba los partidos él solo”. Sin forzar las cosas ni entrar en asociaciones delirantes, este tipo de experiencias refuerzan la autoestima nacional, el sentimiento de que no somos más que nadie pero tampoco menos.

El mes del mundial es un mes raro, alejado de las rutinas habituales, un momento donde todos nos dejamos llevar por el espíritu lúdico que tenemos dentro. Una especie de mes de festejos, gran aporte para una sociedad que ejercita muy poco el festejo y que mucho más habitualmente mastica el lenguaje de la queja y la indignación que el de la risa y el baile callejero. No es un detalle más: con excepción de la navidad y el año nuevo, casi no hay festejos que crucen el conjunto de nuestra geografía, sí algunos regionales como el carnaval y mucho festejo individual o familiar como cumpleaños, casamientos o bautismos. Pero las fiestas populares son algo más, ponen en juego y recrean nuestra identidad como pueblo, colectivamente, unifican y hermanan.

Se puede palpar en la calle el placer de haber disfrutado este mundial, realzado por la satisfacción de que los jugadores, el técnico y los hinchas, nuestros representantes frente al mundo, hayan dejado una muy buena imagen de nuestro país. Ese placer contrasta y combate la habitual fragmentación social en la que vivimos, sancionada por la desigualdad estructural de nuestra sociedad. En el abrazo con un desconocido al gritar un gol, así como en el canto coreado por miles en el Obelisco porteño o en el centro de cualquier pueblo, se deja entrever otra posibilidad de compartir el sentir y el vivir en comunidad.

En lo que a esta columna respecta, la propia vida política pasó por una suerte de paréntesis o un lapso de baja intensidad que, con la excepción de algún acto de bienvenida al plantel y al cuerpo técnico, previsiblemente ya está terminando. Retomará su propio ritmo, marcado por el gran objetivo del año que viene, el recambio presidencial y las elecciones de gobernadores en la mayoría de las provincias del país. Lejos del abismo que muchas veces se acierta en caracterizar entre el pueblo y la “clase política”, en este caso el sentido común de la dirigencia partidaria tuvo la capacidad de escuchar a su pueblo y la sensatez de llamarse a silencio hasta el final del mundial.

El propio mundial también tuvo su costado político, sobre todo a partir de las protestas y reclamos que surgieron en el país organizador. Ante todo protestas razonables, en un país que combina años de gran crecimiento con una desigualdad de las más altas de América Latina, pero al mismo tiempo magnificadas por medios de comunicación opositores al gobierno de Dilma Rousseff y replicadas acá por sus homónimos nacionales. En los fuertes chiflidos e insultos hacia la presidenta brasileña en el estadio el día de la inauguración, así como en la explicación de Lula (“esa gente no tiene ni un callo en las manos”), quedó nuevamente en evidencia la existencia de paralelismos con nuestra realidad doméstica.

Y lógicamente, en un pueblo tan futbolero como el brasileño, al comenzar a rodar la pelota, las protestas pasaron a segundo plano. Ya se discute la influencia que pueda tener el resultado catastrófico de la semifinal para Brasil, agravado por la derrota frente a Holanda. Habrá que ver, sin exagerar pero sin tampoco ningunear, la influencia del fútbol en la realidad política del país hermano. Y por qué no, en el estado ánimo y el humor colectivo en el nuestro.

El mundial de fútbol indudablemente es un gigantesco negocio. Desde la televisación, las publicidades y sponsors, el turismo, el merchandising, la construcción, las cotizaciones de los jugadores y un sinfín de etcéteras. Inversiones millonarias y ganancias millonarias están detrás de este evento que sólo tiene punto de comparación a nivel mundial con los Juegos Olímpicos.

Pero esa realidad que no se puede esconder, al mismo tiempo convive con ser el evento deportivo donde a los jugadores menos les importa el dinero, donde más claramente predomina la esencia del juego y del deporte. En un mundo como el del fútbol, de sueldos y pases millonarios, de apuestas y sospechas permanentes de arreglos, el mundial se destaca por ser una competencia donde se juega al fútbol por la gloria, para pasar a la historia o por tu país. Y eso se nota, por eso es tan lindo, por eso emociona como ninguna otra cosa, por eso sentimos orgullo e identificación por ese equipo de 23 jugadores y por el cuerpo técnico que esforzados, humildes, talentosos y exitosos, es un espejo de lo que nos gustaría ser como nación.

 

@ulibosia

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