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Es difícil decir adiós

Es difícil decir adiós
septiembre 08
00:01 2014

La derrota ante Brasil en los octavos de final del Mundial de España marca casi con seguridad el cierre del ciclo de la Generación Dorada. Ahora, es momento de agradecer por estos 15 años y encarar la reconstrucción.

Grecia, hace ya una década. Argentina, en el Olímpico de Atenas, venía de superar fantásticamente -por segundo torneo consecutivo- a un equipo de Estados Unidos formado enteramente por jugadores NBA, y derrotaba con claridad a un muy buen conjunto de Italia para conseguir el mayor premio de su historia basquetbolística: la medalla de oro. Luego de ese enorme logro, el proceso que había comenzado en el año 2001, con el Premundial de Neuquén, obtuvo el nombre con el que pasó a la historia: la Generación Dorada. Ese es el nombre que hoy, definitivamente, pasará a formar parte de las mejores páginas del deporte nacional.

El tercer cruce consecutivo en torneos grandes frente al rival de siempre, Brasil, fue finalmente el vencido. Ya en el Mundial de Turquía, en 2010, y en los Juegos de Londres, en 2012, Argentina no era el claro favorito, como lo hubiera sido unos años antes. Pero esta vez, en el Palacio de los Deportes de Madrid, el seleccionado de Julio Lamas era claramente el punto. La historia quiso que él, el que en 1999 les abriera el camino internacional a los Ginóbili, Scola y compañía, estuviera sentado en el banco a la hora de cerrar este proceso. Y que dirigiendo al equipo de enfrente se encontrara quien los condujo a los momentos más gloriosos, en Indianápolis y Atenas: Rubén Magnano.

El resultado final del cruce de octavos de final es muy gráfico: 85-65. Esa es la diferencia actual entre Brasil y Argentina. Este equipo verdeamarelo que estuvo en crisis el año pasado, a tal nivel que se quedó afuera de este torneo y debió ser “invitado”, dinero mediante, a participar, tiene un plantel plagado de estrellas en su mejor momento. Cuenta con tres pívots de larga trayectoria y gran presente en la NBA: Anderson Varejao (31 años), Tiago Splitter (29) y Nené Hilário (31). Tiene también a Leandrinho Barbosa (31), que retornó este año a la mejor liga del mundo, y con el joven Raulzinho Neto (22), que hará sus primeras armas próximamente en los Estados Unidos. Sumémosle a ellos a Marcelinho Huertas, uno de los mejores bases del mundo FIBA, hombre del Barcelona. Un plantel completo y con la madurez exacta.

Argentina, en cambio, está dejando lo último. Ya definitivamente sin Emanuel Ginóbli, con los históricos Pablo Prigioni (37 años), Luis Scola (34), Andrés Nocioni (34) y Leonardo Gutiérrez (36), sosteniendo a un grupo joven e inexperto, con nombres como Facundo Campazzo (23), Nicolás Laprovittola (24) y Marcos Delía (22), está en plena transición. Nunca es fácil decir adiós a una generación, menos aún a la mejor de la historia, y en ese proceso está este seleccionado.

Descripta entonces la fotografía de ambos equipos, es necesario ocuparse del trámite del juego. El equipo de Lamas hizo, en los dos primeros cuartos, un partido prácticamente perfecto. Defendiendo con mucha intensidad en la pintura, allí donde Brasil contaba con la mayor ventaja, y obligando al ataque rival a tomar malos tiros. En ataque, un fantástico rendimiento de Prigioni, bien acompañado por Campazzo, sirvió para tapar un sorprendente bajo rendimiento del capitán Scola.

Pero es muy difícil mantener ese pico de rendimiento a lo largo de 40 minutos, sobretodo cuando el documento indica que las piernas pesan más que la experiencia. La intensidad defensiva bajó notoriamente en el segundo tiempo, así como la efectividad en ataque. Luifa siguió sin aparecer, Prigioni se cargó de faltas y Campazzo, acelerado, equivocó más de una vez el camino. Mientras tanto, enfrente, apareció el dominio en los tableros y la mano caliente desde afuera. Rápidamente en el tercer cuarto el trámite se inclinó hacia los brasileños y nunca más volvió a emparejarse. Se dio la lógica, como suele ocurrir en el básquetbol.

Esta eliminación en octavos de final significa apenas la cuarta vez en que Argentina abandona un torneo en una instancia tan temprana desde 1999. En 27 campeonatos, llegó a semifinales en 23, subió al podio en 20 y fue campeón en 7 oportunidades. Una maravilla insospechada apenas unos años atrás, para el básquetbol nacional que no competía al máximo nivel desde la prehistoria de este deporte, cuando fue campeón del mundo como local, en 1950, y ocupó el cuarto puesto en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952.

Ahora, el plano corto apunta al Preolímpico de Monterrey de 2015, donde deberá esforzarse para conseguir la clasificación a los Juegos Olímpicos de Río del año siguiente. Pero es necesario ir más allá, pensar en el recambio a largo plazo, continuar trabajando en términos de proceso. En un país con unos 200 mil jugadores federados, siempre habrá material con el que construir. Sin Ginóbili, seguramente sin Prigioni, Scola y Nocioni, probablemente sin Julio Lamas -según lo que declaró luego de la derrota-, la transición llega a su final y comienza la reconstrucción. Será muy difícil llegar al nivel de esta Generación, pero Argentina seguirá siendo competitivo a nivel mundial.

Pero volvamos a Atenas, a ese momento maravilloso del deporte nacional. Penetremos con Manu Ginóbili, vayamos al poste con Luifa Scola, tiremos con el Puma Montecchia y defendamos con Chapu Nocioni. Recordemos esa historia reciente como lo que fue: lo máximo, el techo al que cualquier seleccionado nacional, del deporte que sea, puede aspirar. Sin enloquecer por volver a ese nivel, veámoslo para ser concientes de que es posible. Y mientras tanto digamos gracias. Muchas gracias.

 

Nicolás Zyssholtz – @likasisol

 

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