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Algunas palabras a 99 años de la revolución rusa

Algunas palabras a 99 años de la revolución rusa
noviembre 07
00:03 2014

Por Manuel Martínez. Conocida como “revolución de octubre”, sucedió el 7 de noviembre de 1917 y no se trata de un entuerto. Es que en la historia de la humanidad hubo –y hay– diversos calendarios. El viejo imperio zarista, derrocado con esa revolución, así como la iglesia cristiana ortodoxa, utilizaban el todavía más antiguo calendario juliano, establecido por el emperador romano Julio César. Recién en 1918, la Rusia Soviética adoptó el “moderno” calendario gregoriano, impuesto para Europa por el papa Gregorio XIII en 1582. Este cambio corrió la fecha de uno de los acontecimientos más trascendentales del siglo XX: la toma del poder por los soviets o consejos de obreros, campesinos y soldados ocurrida el 25 de octubre pasó a conmemorarse un año después el 7 de noviembre.

Pero, más que el repaso de los calendarios, interesa decir algo sobre el significado de ese acontecimiento verdaderamente trascendental. El triunfo de la revolución rusa de 1917 fue la primera gran ruptura de la cadena de explotación/opresión impuesta por la burguesía imperialista –a escala mundial– desde la segunda mitad del siglo XIX. Sucedió, como dijo Lenin –su inspirador fundamental–, en uno de sus “eslabones más débiles”.

Fue un triunfo contundente de la clase obrera y de los/las pobres del campo, pero no sólo de un sujeto específico –tantas veces visto o pensado de manera excluyente– sino de la inmensa mayoría popular explotada y oprimida en Rusia y fuera de ella. Se proclamó, explícitamente, revolución socialista y replanteó así las concepciones “clásicas” del marxismo europeo: según éste, el socialismo sólo estaba planteado para los países desarrollados, con una clase obrera concentrada, numéricamente extendida y gravitante.

Interesa por lo tanto, en esta conmemoración ya casi centenaria, subrayar una vez más ese carácter disruptivo y extraordinario de la revolución rusa. Su vanguardia, concentrada principalmente en el Partido Bolchevique, pero también integrada en el fragor de la lucha por el populismo y el anarquismo, produjo una verdadera “creación heroica” –tomando palabras de José Carlos Mariátegui– en sus diferentes dimensiones. No esperó ese desarrollo industrial que le proporcionaría en un tiempo indeterminado fuerzas productivas superiores y una clase obrera hegemónica.

En este sentido, esa vanguardia políticamente multiforme, que había acumulado fuerzas desde décadas anteriores, sumergida en la cotidianeidad y en las particularidades de la lucha de clases, vivió la necesidad concreta de hacer la revolución. Y esa revolución inició una nueva era: puso en presente, ante los ojos del mundo, que la clase trabajadora, incluso siendo minoría, mancomunada con la inmensa masa campesina y con otros sectores del pueblo, podía deshacerse del dominio burgués e iniciar la construcción del socialismo.

La inmensa Rusia zarista era un imperio que se extendía entre Europa y Asia. Contaba con algunas ciudades desarrolladas, como San Petersburgo, Moscú o Kiev, pero también con gigantescas estepas en la Siberia y con múltiples poblaciones pobres y postergadas. Era un mosaico de pueblos y nacionalidades con tradiciones diversas, culturas arraigadas y lenguas diferentes. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial –en 1914– el zarismo entró en la contienda al lado del Reino Unido y de Francia, enfrentándose a Alemania y al Imperio Austro-Húngaro. Esta guerra inter-imperialista precipitó la crisis del Imperio Ruso, en medio del hambre y la desolación del pueblo y de sus tropas. La agitación revolucionaria, que actuaba en las filas y en los frentes de batalla, reclamaba paz y el fin de la dinastía de los Romanov que duraba más de 300 años. Esta agitación proponía que los soldados rusos y los alemanes dejaran de matarse en las trincheras y “dieran vuelta su fusil” contra los opresores de un lado y del otro.

En medio de innumerables movilizaciones y huelgas, entre ellas la de las trabajadoras textiles de San Petersburgo, el Día Internacional de la Mujer –23 de febrero u 8 de marzo, por eso de los calendarios–, que sumaron a los metalúrgicos. “A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución”, escribiría después León Trotsky en su monumental obra Historia de la revolución rusa.

Y fue efectivamente así. Esa primera “revolución de febrero” de 1917 expulsó al zar y colocó en el poder a un gobierno provisional. Los soviets o consejos, entre febrero y octubre –o marzo y noviembre–, alcanzaron su mayor desarrollo como organismos de poder de los de abajo. El gobierno provisional estuvo lejos de satisfacer las demandas de las mayorías, es más, siguió comprometido con la guerra en deplorables condiciones.

Toda la energía revolucionaria acumulada en tantas luchas desde la segunda mitad del siglo XIX, dio paso entonces, finalmente, a que los/las desposeídos/as y explotados/as se empoderaran sin titubeos. El retorno de Lenin del exilio –pactado en un canje de prisioneros de guerra en un tren precintado– había permitido que el Partido Bolchevique se orientara de manera definitiva hacia el triunfo de la revolución. El acuerdo con Trotsky, figura emblemática de los soviets, había fortalecido también, y aún más, a los bolcheviques.

Finalmente, volviendo con la singularidad de la revolución rusa, queremos mencionar un artículo de Antonio Gramsci, publicado en el periódico socialista Avanti (Milán, 24.11.1917). Su título provocador, refiriéndose a los acontecimientos rusos de 1917, lo dice prácticamente todo: “La revolución contra El Capital”. Citamos un pasaje: “Es la revolución contra El Capital de Carlos Marx. El Capital de Marx era, en Rusia, el libro de los burgueses más que el de los proletarios. Era la demostración crítica de la necesidad ineluctable de que en Rusia se formase una burguesía, se iniciase una era capitalista, se instaurase una civilización de tipo occidental, antes de que el proletariado pudiera siquiera pensar en su insurrección, en sus reivindicaciones de clase, en su revolución. Los hechos han superado las ideologías. Los hechos han reventado los esquemas críticos según los cuales la historia de Rusia hubiera debido desarrollarse según los cánones del materialismo histórico”.

Efectivamente, la revolución rusa, surgida de la entrañas de la sociedad profunda, no sólo no esperó las condiciones planteadas por Marx, también desafió al marxismo a recrearse. Muy lejos de considerarla un “modelo”, la comprensión de sus movimientos “capilares”, como diría Gramsci, el estudio de sus singularidades, sigue desafiando a las ideas y creaciones revolucionarias en este siglo XXI.

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