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Vidas precarizadas en las cárceles de mujeres bonaerenses

Vidas precarizadas en las cárceles de mujeres bonaerenses
octubre 14
00:01 2015

Celeste R. cumplió 25 años hace poco, tiene una pierna quebrada hace tres años que trata de mantener derecha atada a dos tablas, hace una semana le sacaron un ovario tras una infección no controlada; ahora tiene una nueva infección, esta vez en los intestinos. Cuando entró a la Unidad 33 del Servicio Penitenciario Provincial, a los 18 años, nunca se había preocupado por su salud.

Antes de la condena, Celeste vivía en Martínez con sus tres hijos, Maicol, Tiago y Tiziana, en la casa de su mamá Albertina. Tras la privación de la libertad de Celeste, los dos niños y la niña quedaron con su abuela. Hace unos años Albertina tuvo un ACV. Intervino una jueza y a Celeste le dijeron que iban a poner a los menores con una medida de abrigo porque había “abandono de persona moral y materialmente”. “¿Cómo los voy a abandonar, si estaba detenida? No los había abandonado, los había dejado con mi mamá”, es la respuesta de Celeste.

Para Laurana Malacalza, del Observatorio de Violencia de Género de la Defensoría del Pueblo de la provincia de Buenos Aires, el encarcelamiento de las mujeres “tiene un impacto diferenciado vinculado al rol que ellas desempeñan con relación al cuidado y crianza de los/as hijos/as y de otros miembros de la familia y de la comunidad. Este rol social hace que la mujer sufra en mayor medida los efectos del encierro, ya que éste significa el desmembramiento del grupo familiar y su alejamiento”.

Cada vez que con una salida extraordinaria Celeste pudo visitar a sus hijos, los niños lloraron en la despedida. “Los llamaba por teléfono todos los días y Maicol se ponía a llorar, me pedía que los fuera a buscar, que me extrañaba. Tan mala madre no debo ser”. La trabajadora social que intervino concluyó que el contacto con la madre era perjudicial para los niños y Celeste hace cuatro años que no habla ni ve a sus hijos mayores de 9, 8 y 7 años.

Dentro de la cárcel, cuando estaba por cumplir 20 años, le dieron permiso para una visita sanitaria a su concubino, que estaba alojado en la Unidad 46. Una vez allí, no quisieron validar la visita y tras la queja vinieron los golpes. Se le salió el hombro, le fisuraron dos costillas y le quebraron la pierna. Esto sucedió el 20 de noviembre de 2011, dos meses antes de que en esa misma Unidad asesinaran a golpes a Patricio Barros Cisneros.

IMG-20151002-WA0005La denuncia que hizo está caratulada como “lesiones leves” (causa n° 44131/11), está en trámite en la UFI5 de San Martín, no tiene imputados ni pedidos de indagatoria. Recién en junio de este año pidieron su legajo médico. Según los datos de la Procuración General de la Provincia de Buenos Aires, casi el 70% de las causas iniciadas por torturas o apremios, entre el año 2000 y el 2011, fueron archivadas. Apenas el 1% llegó a juicio.

Celeste es ejemplo de cómo los detenidos son sometidos a traslados constantes y arbitrarios. La “calesita” del Servicio Penitenciario Bonaerense la llevó por más de nueve unidades. Esta práctica es parte del sistema de premios y castigos de los que en la mayoría de los casos, ni los abogados defensores ni los jueces que intervienen están al tanto. Con los traslados los internos interrumpen estudios, trabajo, tratamientos médicos; cesan las visitas de sus familiares que muchas veces no saben ni dónde están.

“En los móviles de traslados –escribió Malacalza en el informe del OVG–, las mujeres se encuentran a disposición del personal penitenciario masculino, viajan esposadas y hacinadas en pequeños compartimentos durante gran cantidad de horas y expuestas a agresiones físicas y tratos vejatorios. Uno de los reclamos más frecuentes de las mujeres detenidas es conocer el paradero de sus hijos, que generalmente cuándo no hay red familiar que los contenga, terminan institucionalizados”. Mientras cumplía la pena Celeste tuvo a Milagros, una niña que tiene hoy casi tres años. Tomaba pastillas anticonceptivas. De la Unidad 54 salió lastimada en diciembre de 2013, con la bebé sin ropa.

IMG-20151002-WA0008Cuando estaba embarazada de Agustín –también tomaba anticonceptivos–, en julio de 2013, quiso defender a una compañera y unos agentes del servicio penitenciario le dieron una golpiza que le fisuró la bolsa y adelantó el parto. “El subdirector me dijo que me iba a romper la boca”. Agustín ya tiene un año.

La cadena de violencias a las que Celeste estuvo expuesta –torturas, violencia obstétrica, violencia institucional, privación del derecho a la salud– muestra las condiciones de detención de las mujeres en las prisiones bonaerenses. La violencia contra las mujeres tiene la particularidad de ser una pedagogía de la crueldad que somete directamente a una pero, en la administración del castigo, da una lección al resto. Traspasa el cuerpo y amenaza a las compañeras.

El 19 de julio tuvo a Martina en el Hospital de San Martín, su embarazo era de alto riesgo y la niña nació de 34 semanas. Se quedó embarazada con el DIU. Le hicieron cesárea y le dijeron que le iban a ligar las trompas, aunque ella no lo había pedido. Todavía anestesiada quiso acomodarse en la cama y se cayó. Tenía las piernas esposadas a la cama y la que tenía quebrada y nunca curada, se le volvió a romper.

La jefa del servicio de Ginecología del San Martín, Liliana Soria, sigue siendo la misma que estaba a cargo cuando a L.M.R., una joven con retraso madurativo que había sido violada, le negaron la realización de un aborto no punible al que tenía derecho. El Comité de Derechos Humanos de la ONU condenó a la Argentina por entender que habían sometido a la adolescente a “un sufrimiento físico y moral contrario al artículo 7 del Pacto”, es decir “torturas, tratos crueles, inhumanos y degradantes”. En mayo de este año trascendió la situación de Victoria Jorgelina Toloza que en el mismo hospital hizo el trabajo de parto y dio a luz mientras estaba esposada.

Celeste estuvo con su hija los quince días que estuvo en neonatología y luego se la llevó la abuela paterna. A los cinco días del parto tenía dolores abdominales producidos por una pequeña infección que los antibióticos no eliminaron. La primera semana de septiembre le hicieron una tomografía que reveló una mancha en el ovario izquierdo. Tuvieron que operarla de urgencia y se lo extirparon. Cinco días después, Celeste volvió a su celda y sus compañeras le bajaban la fiebre con paños de agua fría. No puede caminar por el estado de su pierna, cada vez más delgada.

IMG-20151002-WA0010Eva Asprella, coordinadora del equipo de Política Criminal y Violencia en el Encierro del CELS, lee la situación de Celeste en clave judicial: “Los jueces deben controlar el accionar de la gestión penitenciaria sobre los detenidos e intervenir ante cualquier avasallamiento. En este caso se cumplen todas las características de aquellas personas que no deben continuar en un lugar de encierro, en donde la pena sufrida por los golpes, las pérdidas físicas y emocionales es tan fuerte que debe conmutarse con la pena privativa de la libertad que le resta cumplir”. En otras palabras, “ya se excedió el marco de proporcionalidad de la pena impuesta, que sólo debía privarla de su libertad y no de todo lo demás. Y menos, causarle daños irreparables”.

Milagros y Agustín vivían dentro de la Unidad con su madre acompañando, a su vez, la condena. Por la operación están “de paseo” con la madrina de Agustín, fuera del penal. Celeste no puede ocuparse de ellos por su estado de salud precarizada por el SPB. Los niños y niñas que crecen dentro de las penitenciarías tienen una vida cotidiana marcada por las rejas, los guardias armados, el maltrato que ven dispensar a sus madres, la precariedad alimenticia. “Prácticamente ninguna decisión judicial –dice Eva Asprella– tiene en cuenta esta situación ni el interés superior del niño”.

El miércoles la llevaron al hospital y le encontraron un quiste en el ovario derecho, además tiene una infección en los intestinos que podría terminar en una nueva operación. Dice que en la Unidad 33 “muchas compañeras están mal, todo el tiempo tienen infecciones. Pero no es culpa de los médicos, es que es todo muy precario”. Hace unos días tuvo un comparendo en el TOC 1 de San Isidro, la vio un médico forense y le tomaron fotos. El juez le dijo que no está apta para estar en el ámbito carcelario, pero sigue ahí.

Vanina Escales – @vaninaescales


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1 Comentario

  1. sho
    sho octubre 16, 15:24

    que horror esto
    igualmente es increible la fertilidad de esta mujer.. tomando anticonceptivos varias veces, con diu, etc, igual queda embarazada.. wow

    Reply to this comment

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