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¿Qué hay detrás del reciente anuncio de abdicación del emperador japonés Akihito?

¿Qué hay detrás del reciente anuncio de abdicación del emperador japonés Akihito?
agosto 09
20:48 2016

La semana pasada el emperador japonés Akihito dejó entrever en una inusual aparición televisiva sus deseos de abdicar a favor del príncipe heredero Naruhito, lo que requeriría una reforma constitucional para implementarse. El mensaje imperial también se produce en un contexto político muy particular del Japón, especialmente en lo que hace al debate sobre una eventual remilitarización del país, prohibida por la actual Constitución.

La primera vez que el emperador hizo un anuncio televisivo en cadena nacional fue luego del tsunami de 2011. Cinco años después, en su alocución de más de diez minutos, Akihito expresó: “Tengo más de 80 años y hay ocasiones en las que me siento limitado por mi condición física. Después de dos operaciones quirúrgicas, mi salud está declinando poco a poco y me preocupa que me pueda resultar difícil llevar a cabo mis funciones como símbolo del Estado con todas mis fuerzas como lo hice hasta ahora”.

La mención a la construcción “símbolo del Estado” no es en absoluto azarosa. La Constitución japonesa, redactada en inglés por una comisión especial de 20 especialistas estadounidenses durante la ocupación aliada que siguió a la rendición nipona luego de las atómicas en Hiroshima y Nagasaki, establece que el lugar del emperador es el de “símbolo del Estado y de la unidad del pueblo”, derivando su poder de la voluntad popular soberana del pueblo japonés.

Esta Constitución, que tiene apenas unas diez páginas (cinco mil palabras) y permanece inmodificada desde 1945, no contempla ningún mecanismo para la abdicación del emperador. El último caso registrado en la historia japonesa data de 1817. Más allá de que hay elementos indiscutibles para justificar el cansancio imperial, ya que Akihito tiene 82 años y viene de sufrir en los últimos años una operación de próstata y otra cardíaca, también el mensaje televisivo debe ser contextualizado en un momento político muy particular del Japón.

Es necesario recordar que hasta la rendición japonesa de fines de la Segunda Guerra Mundial el emperador nipón era considerado como una figura divina (cuando Hiroito habló al país para comunicar la claudicación luego de Hiroshima y Nagasaki miles de campesinos se arrodillaban frente a la radio, como recuerdan muchos cronistas). En la actualidad, despojado de esos atributos supernaturales, el emperador sigue cumpliendo funciones diplomáticas y políticas (que en la mayoría de los casos se limitan a formalidades tales como recibir a mandatarios extranjeros, firmar decisiones de la Dieta o Parlamento, o abrir sus sesiones ordinarias).

El famoso artículo 9 de la Constitución japonesa establece: “Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden, el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la Nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales”. Y agrega: “Con el objeto de llevar a cabo el deseo expresado en el párrafo precedente, no se mantendrán en lo sucesivo fuerzas de tierra, mar o aire como tampoco otro potencial bélico. El derecho de beligerancia del Estado no será reconocido”.

Así, Japón se configura como una potencia económica mundial que, sin embargo, formalmente no posee Fuerzas Armadas. En la isla operan unas Fuerzas de Autodefensa, que pueden intervenir en cuestiones internas y, a partir de 1992, también pueden integrar operaciones de paz de las Naciones Unidas como los Cascos Azules.

Sin embargo, la creciente influencia china en la región, que incluye disputas territoriales con Japón, así como las amenazas norcoreanas, han reabierto en la política y la sociedad niponas el debate acerca de la necesidad de remilitarizarse. Pero para poder avanzar en cualquier cambio de fondo respecto del estatus actual debería aprobarse una reforma constitucional.

Por eso el anuncio imperial, que además se hace significativamente en el marco de los recordatorios de los bombazos atómicos estadounidenses, puede ser interpretado como un comprensible deseo de jubilación de un funcionario que, a pesar de su rol formalmente ceremonial carga sobre si múltiples responsabilidades en el marco institucional japonés, o bien como una respuesta a ciertas presiones políticas que impulsan un debate sobre la reforma constitucional gracias al que, detrás de la redefinición de los mecanismos de sucesión imperial, se proponga el restablecimiento de unas Fuerzas Armadas con capacidad ofensivas para una de las mayores potencias económicas del mundo moderno.

Pedro Perucca – @PedroP71

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