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Volar a la pasión: Frida Kahlo

Volar a la pasión: Frida Kahlo
noviembre 11
01:35 2016

Hablar de pasión es hablar de excesos. De lo mucho. De lo que no se tiene, de lo que se decide no tener, de lo que no se puede tener control ni prudencia. Pasión es exceso, en todos los casos, muchas veces de los buenos. Pero para nuestra cultura, el exceso tiene connotaciones negativas: enfermedad, adicción, locura, fanatismo.

¿Alguna de estas palabras puede asociarse a la vida urgente de Frida Kahlo? Por más que suene a una respuesta imprudente o un sacrilegio al mito, la respuesta inevitable es sí. Sí, todas. En todos los casos. Porque si la pasión trae consigo lo extraordinario y la maravilla también apareja lo doloroso. Con pasión se ama y por pasión se sufre. Como amó y como sufrió Frida de Rivera que a pesar de su corazón-Diego, de su país y de su época, eligió ser por siempre Frida Kahlo.

Desde dónde mirar

fridaEn siete capítulos, Vanesa Jalil y Hugo Montero invitan una recorrida por la biografía de Frida Kahlo. Como toda recorrida, como toda escritura de la historia de la vida de alguien, la narración implica siempre elegir un recorte y una mirada. Desde el inicio de las más de 150 páginas que componen a Frida, alas pa’ volar, la mirada es clara. El primer capítulo, titulado la despedida, se inicia con un epígrafe de la artista que habla de la revolución, el color, el movimiento y la lucha colectiva. Alejándola de plano de la figura iconográfica que adora sus peinados vistosos y ensalza su estilo en impresiones de tazas, remeras y otros objetos de utilidad, los autores eligen mirar todo lo que Frida tiene de paradójico. Amante excesiva y constante desengañada. Exacerbación de la feminidad y profesional de la guarangada y la boca sucia. Despilfarro de alegría asomada periódicamente al abismo más inimaginable del dolor. Niña traviesa y joven en constante fiesta, hermanada cada vez más con la muerte y la soledad.

Frida, Friducha, la Malinche, la diosa de Coyoacán. Las dos Fridas. Todas las Fridas. Esta biografía es el intento por abordarla entera, con sus amores y sus amantes, con sus ataques de ira y sus odios, con toda su pasión puesta en Diego Rivera, en la pintura y la militancia. Todo en su justa medida: la medida excesiva. Todo mucho. Todo como Frida Kahlo

Dos accidentes

Quizás de las cosas más conocidas de la vida de la artista mexicana, al margen de sus pinturas, hayan sido dos: el accidente que de muy joven signó con dolor el resto de su vida, y su eterno amor por el pintor Diego Rivera, amor también causante de otros tipos de dolores. Ríos de tinta han corrido sobre estos dos episodios. Nadie que diga su nombre parece ignorarlos.

En la narración de esta biografía tampoco se los pasa por alto y están presentados, tal como fueron, en dos aristas fundamentales en el devenir de su vida. Pero se elige otra mirada: la que pone el acento en el renacer. En los primeros capítulos del libro los narradores se paran decididos en esta perspectiva. Después del accidente Frida eligió volver a nacer. Hizo de su vivir una elección consiente y desesperada. Eligió su transitar cada segundo así como eligió a Diego Rivera.

Y en su elegir, en su amar incondicional al pintor más grande, más viejo, más prestigioso y feo, eligió también acompañar la vida de un mujeriego empedernido, de un ególatra, de un niño desvalido y caprichoso. Cercana a veces al dolor de esa elección, no roza aquí el arrepentimiento. También de este accidente que fue Diego la artista elige volver a nacer. Y se embarca también en el tranvía del deseo, del amor repartido en varios cuerpos y varios tiempos, de la pintura sin descanso o con sólo el descanso que exige el padecer. Así nos cuentan que responde Frida al desengaño y al coqueteo de la muerte; redoblando su seducción, su talento, su belleza y sus ganas de ser. Sus ganas de vencer. Sus ganas de mostrarle a la pelona cuánta vida alberga su fragilidad.

Que viva Frida y la revolución

Algunas lecturas subordinan su comunismo a la esfera de su admiración por Rivera. Además de los datos históricos duros que lo desmienten (tales como su participación en el Partido Comunista anterior a su relación con Diego), en esta narración encontramos datos de los otros, de los más blandos, de los más ligados a la subjetividad.

Fue Frida quién orientaba a Diego en la reflexión de clase cuando el artista pintaba para grandes magnates yanquis, fue ella la que los trató con ironía, desdén y sarcasmo. Fueron sus desventuras por gringolandia las que la hicieron más pueblo y más Mexicana. Fue Frida Kahlo la que se burló de los surrealismos europeos necesitados de una desautomatización y una magia que en América Latina brotaban a cada paso. No se deshizo con ninguno de los halagos de Bretón y su grupo de “lunáticos y trastornados”, consciente siempre que pintaba a lo que se debía  y de donde había renacido una y otra vez, su tierra, sus mitos y sus tradiciones. Fue Frida Kahlo la que hasta sus últimos días no abandonó la pegunta acerca del arte y la revolución, la que pintó urgida por lo propio pero también atravesada por la búsqueda de cuánto lo propio podía contribuir a lo colectivo. En tiempos de pasiones urgentes quizás no haya podido entrever del todo la respuesta que nos damos hoy, que es como ella: excesiva. Mucho. Un aporte desmesurado.

La muerte de Frida no es narrada en esta biografía. Quizás porque tantas páginas dedicadas a contar la pasión de su vida sean suficientes para imaginar su final como uno quiera, porque de verdad no es lo importante. Muchos hombres y muchas mujeres de sangre igual de calurosa han atravesado experiencias de muerte que merecen narrarse. No es el caso. Frida y la muerte han sido compañeras fieles a lo largo de estas 154 páginas.

El capítulo final es la desintegración, el irse de a poco y justo a tiempo, antes de que la pasión se extinga.

Un final fiel a una mirada, una voz que narra a Frida desde el desborde. Desde el vicio excesivo de vivir.

Mariel Martínez – @Mariel_mzc

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