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Gancho al hígado

Gancho al hígado
diciembre 08
21:10 2016

Por Martín Ogando. Seguir el pulso de la política Argentina es siempre un desafío. Cuando el gobierno parecía encaminado a cerrar el año con balance por demás positivo, terminó hilvanado los peores 15 días del segundo semestre.

Ley de Emergencia Social

La saga comenzó con el recule de Macri frente al reclamo de las organizaciones de la economía popular. El proyecto de Ley de Emergencia Social, que el martes obtuvo media sanción en Diputados, fue producto de un acuerdo entre el gobierno y las organizaciones, anunciado el 23 de noviembre pasado. Luego de pomposas diatribas contra la iniciativa, a la que rechazaron como inaplicable y amenazaron vetar, el Ejecutivo terminó concediendo una ley que contiene los principales planteos del proyecto original. El respiro le costó 30 mil millones de pesos que se ejecutarán durante la vigencia de la Emergencia, es decir hasta diciembre de 2019.

En busca de tener las fiestas en paz, Macri concedió un indisimulable triunfo a las organizaciones populares. Esta victoria no es sólo reivindicativa, sino también política. Además de los recursos arrancados, que no dejan de representar paliativos absolutamente insuficientes, los trabajadores y trabajadoras de la economía popular se llevan consigo el reconocimiento de nuevos derechos. Juan Grabois lo ha explicado con claridad y sencillez en este portal, pero no deja de llamar la atención que la ceguera o el oportunismo político impida a algunos entender esta evidente realidad.

Hasta aquí, de todas maneras, el balance para el gobierno era matizado. Si bien es cierto que había otorgado concesiones, no dejó de anotarse un éxito político, o al menos una eficaz reducción de daños. Al mismo tiempo, buscó maniatar lo más posible a las organizaciones firmantes que no dejan de estar tensionadas entre la necesaria acumulación gremial (que siempre supone negociar con alguien) y las estratégicas políticas de mayor confrontación.

El pantano legislativo

Con el correr de los días al oficialismo se le fue escurriendo entre las manos la agenda legislativa. El primer tropezón fue casi inmediato. Apenas 24 horas después de anunciado el acuerdo con las organizaciones sociales, el gobierno vio naufragar su proyecto de reforma política. La abierta hostilidad de gran parte de los gobernadores y la amplia mayoría del Frente Para la Victoria (FPV) en el Senado escribieron al acta de defunción de la iniciativa, que tenía en la implementación de la boleta electrónica su punto más polémico. El bloque de Cambiemos respondió a la afrenta haciendo caer el proyecto de ley de paridad de género.

El golpe de gracia, e indudablemente el más doloroso para el gobierno, fue la derrota de su proyecto para reformar el impuesto a las ganancias. La unidad de los principales bloques de la oposición en un proyecto alternativo asestó un duro e impensado revés al oficialismo, que hasta último momento confiaba en poder negociar el propio. Contaba con que la extorsión fiscal desplegada sobre los gobernadores se trasladaría a sus representantes legislativos y moderaría los planteos opositores.

Sin embargo, el impuesto a las ganancias es asunto sensible. El gobierno de Cristina pagó un costo por su negativa a tratar el tema. Oliendo sangre, Massa convirtió el aumento del mínimo no imponible en un eje de su campaña. Finalmente, en sus días de revolución de la alegría, el actual presidente llegó a prometer la eliminación del gravamen. Hoy, haciendo gala del cinismo al que nos acostumbró, sostiene que el proyecto de la oposición en “demagógico” e “irresponsable”.

Macri se encuentra frente a una disyuntiva. Si veta la ley arriesga capital político. Por un lado, porque supone poner en tensión a parte importante de su propio electorado, que había sembrado fundadas expectativas en la cuestión. Por el otro, porque un nuevo veto dañaría uno de los estandartes de la política PRO: el latiguillo del diálogo y el consenso. La respuesta indignada del presidente frente a su derrota legislativa, los aprietes con fondos públicos y las amenazas de veto cuadran poco con aquel discurso institucionalista, y se parecen demasiado a los modus operandi criticados en el pasado.

Dejar pasar el proyecto opositor es asumir una nueva derrota. El costo fiscal sería más del doble del que contemplaba el proyecto oficialista. Sin embargo, el tema no se reduce a números. Defraudar al votante propio tiene sus costos, pero peor aún es sembrar incertidumbre en los dueños del poder. Los grandes capitales siguen teniendo sus dudas sobre la capacidad macrista de cabalgar la arisca política argentina, y una nueva muestra de debilidad podría no ser bien valorada. Para salir del atolladero, el gobierno intentará una tercera vía. Apuesta a que el mayor predicamento de los gobernadores en la Cámara de Senadores permita una extorsión más efectiva para introducir modificaciones en el proyecto.

Un Milagro de navidad

A más de un año de su detención la libertad de Milagro Sala comienza a convertirse en clamor nacional e internacional. El Grupo de Trabajo de la ONU ha definido la situación como una detención arbitraria y se apresta a visitar el país en mayo de 2017. Instituciones como Human Rights Watch o Amnistía Internacional, profusamente utilizados cuando de atacar a otros gobiernos se trata, también han pedido la libertad de la dirigente social jujeña.

En el espectro político local el reclamo no ha dejado de crecer. La aberrante afirmación de Mauricio Macri, defendiendo una suerte de plebiscito sobre su culpabilidad no hizo más que empeorar el bochorno. Hasta connotados periodistas conservadores y afines al gobiernos comienzan a sugerir su puesta en libertad.

En Jujuy cualquier atisbo de democracia ha quedado atrás, para implantar el reinado del señor feudal Morales y la complicidad del gobierno nacional con este estado de cosas se acerca al crimen directo. Esta semana un supuesto suicidio en la Unidad Carcelaria N° 1 culminó en un violento motín con decenas de heridos.

Último round

El gobierno cumplirá un año exacto desde su asunción en medio de estos tiras y aflojes. Con una economía que no arranca y despliega sus efectos recesivos en capas cada vez más importantes de la población y una agenda parlamentaria que se le enredó en el último tramo. Es poco probable que esto alcance para enturbiar del todo el balance que Cambiemos hace puertas adentro o para producir un descenso marcado en los índices de popularidad del presidente. Después de todo, con recesión y ajuste de por medio, se va el año sin paros generales ni grande desbordes en la conflictividad social. En la Rosada se congratulan por ese saldo.

Sin embargo, sí quedan muchas incertidumbre hacia el año que viene. En la economía, porque aunque ningún analista niegue sus chances, la recuperación deberá pugnar por convertirse en realidad. En la política, porque hay elecciones. Y estas últimas semanas fueron un adelanto de los avatares de gobierno y oposición en año de campaña. Los hasta ayer dóciles y acuerdistas, le asestaron un gancho en el último round. Es la política, estúpido.

@MartínOgando

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