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La historia del primer cosmonauta argentino

La historia del primer cosmonauta argentino
enero 05
23:56 2017

Argentina supo estar a la vanguardia de la carrera espacial. En 1969 el cosmonauta Juan viajó hasta la ionosfera, a más de 80 kilómetros de altitud, ubicando al país sudamericano en el cuarto lugar de una lista encabezada por EE.UU., la Unión Soviética y Francia.

Unos años antes Belisario, se convirtió en el primer argentino en ser lanzado en un cohete. Pero su vuelo solo alcanzó los 2300 metros de altura y duró unos pocos segundos. Juan era misionero, Belisario cordobés. Juan, era un mono y Belisario, un ratón.

Animales al espacio

El 20 de febrero de 1947 EE.UU. fue el primer país en enviar seres vivos al espacio con el objetivo de evaluar las posibilidades de sobrevivir a vuelos de esas características. Las tripulantes fueron un grupo de moscas que viajaron en una cápsula propulsada por un misil alemán V-2 capturado durante la Segunda Guerra Mundial.

Apenas dos años después los estadounidenses volvieron a lanzar un V-2 pero en esta oportunidad con el mono Albert I como tripulante. El misil no superó la altitud necesaria y el animal murió sofocado. Varios monos más fallecieron en estos intentos y recién Albert VI, que viajó en 1951 en otro tipo de cohetes (Aerobee) logró sobrevivir aunque también perdió la vida dos días después del aterrizaje por los distintos efectos causados en su organismo.

Laika, el primer ser vivo en orbitar alrededor de la Tierra

Laika, el primer ser vivo en orbitar alrededor de la Tierra

En 1951 también la Unión Soviética comenzó a lanzar animales al espacio: fueron los perros Tsygan y Dezik. Ambos regresaron con vida. Sin embargo, el más famoso de los vuelos soviéticos tripulados por animales fue el de la perra Laika en 1957, que se convirtió en el primer ser vivo en orbitar alrededor del planeta a bordo del Sputnik 2 -el segundo satélite artificial de la historia, tras el Sputnik 1-. Laika falleció a las cinco horas debido al estrés y el calor.

Los años posteriores se continuaron haciendo pruebas con animales y Francia lanzó la primera rata al espacio el 22 de febrero de 1961. Y aunque para el 12 de abril del mismo año la URSS puso en órbita al primer ser humano, Yuri Gagarin, los viajes tripulados por animales continuaron.

Argentina: cuarto puesto en la carrera espacial

Detrás de EE.UU., la URSS y Francia el siguiente país en enviar animales al espacio fue nada más y nada menos que Argentina.

Las primeras pruebas se hicieron en 1967 cuando en el mes de abril desde la Escuela Aerotransportada de Córdoba se lanzó el vuelo en el que viajaba el ratón Belisario en una cápsula acoplada al cohete Yarará, de fabricación nacional.

Este roedor de 170 gramos había nacido en el Instituto de Biología Celular de la Universidad de Córdoba y por su rápida adaptación al uso del arnés y el chaleco fue seleccionado para el vuelo.

Debido a que solo alcanzó una altura de 2300 metros, Belisario no fue el primer cosmonauta argentino. A los 28 segundos del despegue se abrió el paracaídas de la cápsula, sin embargo debido al viento cayó fuera de la zona determinada y debió ser rastreado desde un avión. A los cincuenta minutos el ratón fue rescatado con vida, aunque con 8 gramos de peso de menos, mojado de transpiración y nervioso.

Vivió el resto de su vida en el Instituto de Biología Celular donde había nacido. Sus hijos e hijas no sufrieron ninguna alteración.

Un gran paso para Juan

El vuelo de Belisario -que fue seguido de otros no tan exitosos debido a que muchos animales no sobrevivieron- fue el antecedente necesario para que Juan, un mono caí de Misiones, se convirtiera en el primer ser vivo de Argentina en alcanzar el espacio.

Con 8 meses, 45 centímetros de altura y 1,5 kilos de peso fue lanzado el 23 de diciembre de 1969 en una cápsula adosada a un cohete Rigel 04 desde el Centro de Experimentación y Lanzamiento de Proyectiles Autopropulsados, ubicado en el Departamento Chamical, en La Rioja. La Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE), antecesora de la actual Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), y el Instituto Nacional de Medicina Aeronáutica fueron las instituciones impulsoras del proyecto.

El cohete alcanzó los 82 kilómetros de altura, superando la estratosfera (hasta 50 kilómetros) y la mesósfera (hasta 80 kilómetros), llegando a la termósfera. En esta capa de la atmósfera terrestre es donde orbita la Estación Espacial Internacional y los transbordadores.

Para la época y el desarrollo tecnológico argentino, el habitáculo en el que viajó Juan implicó un arduo trabajo. Según reseñó el periodista y matemático Leonardo Moledo en Página/12 con motivo del 40° aniversario del vuelo la capsula estaba presurizada y con temperatura estable para “permitir que el mono tripulante se oxigenara adecuadamente”. Además contaba con “un escudo térmico” para aislarlo “de los 450 grados que alcanzaba el cohete en el exterior por la fricción”. Más allá de todas estas precauciones, Juan fue sedado antes del despegue.

Los ingenieros argentinos desarrollaron un sistema telemétrico -toda una novedad para fines de los ’60-, mediante el cual recibieron en tiempo real información acerca del estado físico del primate. En todo momento se monitoreó la temperatura corporal, el ritmo respiratorio y el comportamiento biológico de Juan.

“En 18 segundos de furia llegó a 12 kilómetros de altura y continuó luego ascendiendo por inercia hasta los 82 kilómetros (…) El mono tocó tierra a los quince minutos, luego de que la cápsula desplegara unas aletas que estabilizaron y frenaron su feroz descenso a 400 metros por segundo, antes de que se abrieran con éxito los paracaídas. Aterrizó a sesenta kilómetros de distancia del lugar de lanzamiento”, completó Moledo.

Juan sobrevivió a la experiencia espacial y vivió el resto de sus años en el zoológico de Córdoba. Actualmente sus restos, junto a los de Belisario, se conservan en el Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial de Córdoba.

Santiago Mayor – @SantiMayor

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