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Trump, las automotrices y la remake del sueño americano

Trump, las automotrices y la remake del sueño americano
enero 10
20:35 2017

La elección de Donald Trump como nuevo presidente de los Estados Unidos movió el tablero político mundial. Al interior y al exterior de la superpotencia, buena parte de la clase política y empresaria no se recupera de la sorpresa.

Pero algunos ya empiezan a preparar el territorio para un mundo con el magnate republicano. Las críticas mordaces hacia su figura se fueron apagando y los gestos para congraciarse con él se multiplicaron.

Durante y después de la campaña, las grandes automotrices fueron blanco de críticas por parte de Trump. Con el trasfondo del ataque a los acuerdos de libre comercio como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) y el Acuerdo Transpacífico (TPP), el presidente electo hizo foco en la decisión de empresas como General Motors y Ford de construir plantas en México y Asia reduciendo la producción en el país.

Guiños desde Detroit

Ya se ha dicho en repetidas oportunidades que fue la región del Medio Oeste la que le dio la victoria en las elecciones a Trump. Su apelación a la clase trabajadora blanca del “cinturón del óxido”, antiguo corazón industrial del país, fue demoledora.

Aunque la posibilidad de que el presidente electo cumpla con su promesa de devolverle el brillo manufacturero a la región en el marco de una economía global es mínima, antes de asunción algunos signos le dan aire a esa idea.

El 3 de enero, el gigante automotriz Ford anunció que daba de baja su plan de construir una planta valuada en 1600 millones de dólares en San Luis Potosí, México, y que en cambio invertiría 700 millones en ampliar su fábrica en Flat Rock, Michigan, lo que derivaría en la generación de 700 nuevos empleos para 2020. Tras el anuncio, las acciones de Ford en Wall Street subieron un 3,8%.

Envalentonado por la noticia dada por la segunda mayor automotriz del país, Trump atacó a la primera: afirmó que General Motors “está mandando el modelo hecho en México del Chevrolet Cruze a vendedores estadounidenses sin pagar impuestos. ¡Háganlo en Estados Unidos o paguen grandes impuestos!”.

La empresa salió rápidamente a responderle y aseguró que fabrica “el Chevrolet Cruze en Lordstown, Ohio. Todos los Cruze vendidos en Estados Unidos son construidos en esa planta de ensamble. La empresa construye el Cruze para mercados globales en México”. Las acciones de la empresa (que en 2008 recibió un salvataje federal en torno a los 11.300 millones de dólares) subieron 0,9%.

Por último, este 9 de enero, otra gran automotriz estadounidense, Chrysler (propiedad del conglomerado italiano FIAT), anunció una inversión de mil millones de dólares en sus plantas de Ohio y Michigan, lo que implicaría la creación de dos mil puestos de trabajo.

“Finalmente está pasando. Fiat Chrysler anunció planes para invertir mil millones de dólares en Ohio y Michigan, sumando dos mil empleos. Esto después de que Ford anunciara la semana pasada que expandiría su planta en Michigan en vez de construir una de mil millones en México. ¡Gracias Ford y Fiat Chrysler!”, tuiteó el presidente electo.

Estos “logros” del magnate republicano no son menores: estas tres empresas, combinadas, representan el 44% de los autos y camiones que se consumen en el mercado estadounidense.

Una crisis que golpea el corazón del “American Dream”

La industria automotriz fue motivo de orgullo de los Estados Unidos a lo largo del siglo XX. Las “Tres Grandes” (General Motors, Ford y Chrysler) se constituyeron, con eje en la ciudad de Detroit, en un símbolo del poderío económico nacional.

Apoyado por la tradicional vida suburbana de las clases medias, que dependen totalmente del uso del auto, Estados Unidos pasó a ser el principal productor, además del mayor mercado consumidor.

Sin embargo, el mundo cambió y a las automotrices les costó hacerse a la idea. La crisis del petróleo de 1973, si bien no modificó la posición dominante de las Tres Grandes, abrió masivamente el mercado estadounidense a los autos alemanes y japoneses, con su mayor eficiencia en el uso del combustible y sus modernos métodos de producción.

Las empresas sobrevivieron al golpe y se adaptaron a la nueva situación. Sin embargo, una nueva disparada de los precios del crudo, cuyo aumento comenzó en 2001 y tocó su techo a mediados de 2007, los sumió en una crisis que, junto con otros factores, llevó a la hecatombe económica global de 2008-2009.

General Motors debió presentarse en quiebra y refundarse, gracias al mencionado rescate económico del gobierno estadounidense. A pesar de eso, perdió su lugar como primer productor mundial, a manos de la alemana Volkswagen y la japonesa Toyota.

Ford, por su parte, debió reducir notoriamente su tamaño, al deshacerse de marcas tan reconocidas como Aston Martin, Jaguar, Land Rover y Volvo, la mayoría de las cuales terminaron en manos de capitales chinos.

Chrysler, por último, ya no existe como tal. Ahora es FIAT Chrysler. El 100% de su paquete accionario es propiedad del gigante italiano con sede en Turín, aunque mantiene una representación en Michigan.

La endeblez de la industria automotriz es la que le permite a Trump atacar con fuerza en busca de implementar parte de su programa económico y cumplir con lo prometido para la región del Medio Oeste.

Los favores del gobierno federal en los años de la crisis todavía están muy frescos y el mercado nunca terminó de recuperarse. Lo último que necesitan las Tres Grandes de Detroit es un aumento en los aranceles aduaneros; resulta mucho más económico tomar algunas medidas para congraciarse con el flamante presidente.

Para Trump, sus anuncios son victorias efectivas: son puestos de trabajo en una zona altamente castigada por el desempleo y demuestran su capacidad de presión sobre una parte del establishment económico. Pero son también victorias simbólicas. El recuerdo de un Medio Oeste lleno de vida estaba muy presente en aquel eslógan que lo llevó a la Casa Blanca: “Make America Great Again”.

Nicolás Zyssholtz – @likasisol

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